El tramo final fue el más angustioso. Conseguida la diferencia de goles que nos ascendía, en el campo de fútbol siempre asalta la duda de si replegar y proteger tu portería o seguir para el frente y buscar un nuevo gol a tu favor.
Era el partido decisivo y en sus últimos minutos, no había margen para rectificar un error. Por eso decidí que la Gloria solo era posible buscándola cómo lo habíamos hecho todo el año, yendo a por ella, no esperándola.
El equipo fruto de tanta tensión se nos iba mermando. Los calambres aparecían y pocos nos pidieron el cambio, todos querían seguir pero decidimos ir relevando a aquellos que veíamos más limitados, Pablo(Guede) estaba extenuado. De hecho se desvaneció al llegar al banquillo.
El mensaje al equipo con mis cambios, puesto por puesto, era claro; ni un paso atrás. Pensé que no habría cosa de más riesgo para nosotros que cederles campo a jugadores de gran nivel técnico y que no habían hecho a penas desgaste por que todo el peso del partido lo habíamos llevado hasta el momento nosotros.
Así que a pesar de estar enfrentándonos a un rival que agotaba sus opciones de recuperar lo que tenían tan a su favor al principio y ahora veían perdido, mi gente seguía queriendo más goles. El control de la posesión se imponía y lo gritábamos como consigna desde el banquillo pero cada recuperación nuestra era una nueva alocada envestida hacia la portería rival con más corazón que cabeza.
Y a todo esto había que añadir la lucha con los transistores que nos traían contradictorios mensajes sobre el resultado del Talavera en Beasain.
En medio de la histeria al saber el final sin victoria del Talavera en pleno descuento de nuestro partido, la gente del fondo de la portería de Rafa malinterpreta un gesto del árbitro creen que pita el final e invaden el campo. Aquello ya no era apto para corazones normales. Rodeado por una nube de fotógrafos y sin saber ya ni donde estaba tras desalojar a la gente la policía, viví una prolongación insufrible en pleno estado de shock. Después el final real. El abrazo emocionado de descarga con mi "hermano" Antonio Tapia sólo interrumpido por mi deseo de desaparecer cuanto antes de un escenario que ya no me correspondía. Era tiempo del festejo en comunión entre los protagonistas de este juego, los jugadores y su razón de ser, su parroquia, la afición. Pero esto será motivo de la última entrega de esta serie, La celebración.
Ahora os dejo con las imágenes de la conclusión de este partido inolvidable para todos los que lo vivimos y espero que a partir de ahora también para las futuras generaciones que no lo habíais visto ni en imágenes. Que nadie ya os lo cuente. Podéis tenerlo para siempre. Disfrutarlo
Las consignas del descanso eran escuetas y claras:
- Podemos siendo fieles a nuestro estilo.
-Concentración máxima en lo que depende de nosotros.
-Que el compañero te sienta cerca.
-No perder ni dejar que se pierda ni un segundo de tiempo.
-Jugamos los últimos 45´de nuestra vida.
El objetivo, aún saliendo perfecto todo lo planteado con el equipo, no era fácil. El Talavera también jugaba a la vez con el Beasain en el campo de estos. No debía vencer para que sirviese nuestra ventaja de tres goles si la consiguiésemos y los vascos no se jugaban nada. En estas competiciones todos los detalles que puedan sumar siempre son bienvenidos y la Asociación de Hosteleros de la Costa del Sol sacaron en prensa la invitación que les hacían a toda la plantilla del Beasaín a pasar una semana de vacaciones con su familia si hacían lo que les tocaba hacer como buenos deportistas, impedir la victoria del Talavera de Goyo Manzano. Mucho se habló sobre ayudas extras a aquel Málaga. Pero yo, que sólo hablo de cosas demostrables, quiero recordar que el Málaga aquella liguilla se enfrentó en todos sus partidos con rivales vivos en la competición. En fin, el fútbol habla mejor por si mismo. Os dejo con lo que realmente pasó en el terreno de juego, que es donde hablamos los deportistas, en este primer tramo de la segunda parte.
Con este tramo se llega al fin de la primera parte. El ritmo era el que queríamos. También empezamos marcando pero los errores de ambos porteros situó el marcador en un empate a 1, que con mucho convencimiento logramos romper ante del descanso.
De lo que ocurrió en el entretiempo os hablaré en el próximo capítulo. Ahora os dejo que sigáis disfrutando de esta primera parte.
Os recuerdo que también vuestras vivencias de este partido forman parte de este pequeño homenaje que estoy haciendo al malaguismo y a los buenos aficionados al fútbol. Os las estamos recogiendo o en el correo de este blog o en twitter (#historiasdeunascenso).
Era un 28 de junio. Pero no uno cualquiera, el de 1998. En él se citaba la historia con un sentimiento inabarcable y su compañero no deseado de viaje durante años, la decepción malaguista. Años en los que un aristócrata del fútbol español tuvo que aprender a comer con las manos sin dejar de ser digno. El Málaga C.F pasaba su particular Via Crucis de desapariciones y destierros por los bajos fondos del fútbol hispano. Y en ellos, tras el ascenso a 2B de mi amigo Fernando Rosas, largas temporadas sin tocar, ni con la punta de los dedos la esperanza de que supone jugar una liguilla de Promoción a Segunda. Y ese día, nos veíamos nosotros frente a frente con un ventanuco entrecerrado en el último partido de liguilla, en el que todo se había torcido de repente. Noviembre de aquella temporada 97/98 había sido el momento de mi llegada a una Costa del Sol nublada. Incluso el cielo se enfadaba causando la mayor riada que se recordaba en la ciudad. Generación de buenos aficionados huérfanos de Primera, provocaban que las únicas camisetas que vieses enfundar a los niños por la calle fuesen la del Madrid o el Barsa. Que los mayores azotasen su rabia a pañolada limpia contra todo jugador, entrenador o dirigente que pasase por aquella Rosaleda vetusta. Solo para algunos visionarios como José Antonio Martín “Petón” podían ver que yo y mi enfermedad de juventud, la ilusión, pudiese ser el antídoto para combatir tanta desesperanza tras el cese de mi antecesor, el añorado compañero Tolo Plaza. Tras una travesía tortuosa que nos llevó del séptimo puesto, a mi llegada, a salir campeones de un durísimo grupo cuarto en el que, el Maestro Joaquín Caparrós y su Recre, habían barrido todo el año hasta el tramo final en que entraron en una mala racha. Otros históricos como el Granada de Lucas Alcaraz, Córdoba, Cádiz, Murcia… tendrían que esperar una mejor ocasión. El comienzo de Liguilla aumento el crédito de aquel grupo de locos por el fútbol que comandaba, al batir en 21, el record de partidos invictos en categoría nacional que ostentaba por entonces la Real Sociedad. En la penúltima jornada todo parece irse al traste. Un gran equipo el Terrassa, nos abofetea todos nuestros logros con un resultado de los que paralizan, tres a cero. Sentí que tenía que tomar partido cuanto antes. Tras el lógico momento de duelo silencioso en un vestuario decorado de lágrimas, decidí reunirme con toda la expedición en la parte trasera del bus que nos trasladaba al aeropuerto del Prat. Debía convencerles, del momento que vivíamos. En aquel instante teníamos que decidir si forjar el primer paso de la victoria definitiva o dejarnos llevar por el desánimo hacia el barranco en el que arrojar tantos esfuerzos. Noté como algunas caras de resignación se fueron tornando en sonrisas cómplices y miradas con un brillo de esperanza. Luego la fortaleza de convicciones de aquellos jugadores hizo el resto. Aquella semana fue la más larga de nuestras vidas. Comenzó con un lunes negro, en el que la plantilla tras abortar un segundo intento de cese de su entrenador, pusieron rumbo con una luz cegadora hacia lo que más nos gustaba, el juego, el domingo. Seis días después en el “Teatro de nuestros sueños”, La Rosaleda, no había más que dos puertas de salida; la vida eterna de la gloria o el gélido olvido del fracaso. No habíamos remado tan fuerte para desembocar en seco. Vencer por más de tres goles era el único puerto de destino posible. El final de la película la sabéis. Corrían los finales de los 90, década en la que internet era sólo una quimera (lo digo para los jóvenes que les parecerá imposible de creer) y por tanto la memoria visual se emborrona con el paso del tiempo por falta de imágenes de entonces. Mi antigua pasión por los vídeos me permite tener un rico archivo de imágenes que suelo usar en clases, conferencias, charlas técnicas de mis equipos o entradas de este blog. Me faltaba dar un paso, ofrecer íntegro un partido histórico que a mí me costó años poder volver a ver por la intensidad de las emociones que me obligaba a revivir. Ahora, 16 años después tocaba mostraros lo sucedido aquel domingo entre el Málaga C.F y el Terrassa F.C. Para que, si no lo vivisteis, no os lo cuenten. Saquéis vuestras propias conclusiones y sensaciones. Este es mi pequeño homenaje al malaguismo. A todos/as los que formasteis parte del mejor momento que pude vivir en mi carrera profesional; aficionados, jugadores propios o rivales, dirigentes y también, porque no, periodistas. Especialmente a los que con medios pequeños se empeñaban en hacer periodismo grande frente a los que con grandes medios hacían periodismo pequeño. Por esto el seleccionar entre las imágenes que poseo mostraros los de una tele local humilde y a un gran narrador como es el mítico Sebastián Serón enriquecido por los comentarios de quien mejor podía hacerlos, Fernando Rosas, el técnico amigo que nos marcó el camino hacia arriba con su ascenso de tercera a segunda "B". Concluyo esta breve introducción que pretendía contextualizar el partido desde alguien que lo vivió en primera persona. Porque sí. Yo estuve allí, en aquel “banquillo electrificado” como algunos me lo describían a mi llegada y en el que a pesar de todo, incluido las mentiras y olvidos de estos años en los que como siempre la historia la escribe el poder, ese frente al que nunca quise claudicar, fui el hombre más feliz del planeta. Va por ustedes. Disfrútenlo y, como gritábamos antes de salir a cada partido, ¡VIVA EL FÚTBOL!