miércoles, 19 de septiembre de 2012

La obra de Pep


Desde la distancia no se exacerban los matices más bien al contrario se relativizan, seguramente porque los análisis se hacen lejos de colores y escudos y cercanos a la razón incluso aún más a los sentimientos.

Por todo ello me pareció interesante reproducir esta reseña escrita al otro lado del océano y al mismo de las emociones que a muchos nos genera el fútbol en cualquier parte del mundo.
Gracias David Aguirre ‏(@davidaguirre1)

Columna publicada en 11wsports el día 27 de abril de 2012.
Por Ariel Scher

Ahora que dice adiós, lo mejor del Maestro Pep no reluce en ninguna vitrina. El tipo lo sabe: se va campeón. De verdad, campeón. Un campeón no es un individuo que alza la colección inacabable de copas que acarició con sus pulgares. Un campeón es otra cosa: alguien que vislumbra un sueño y se permite soñarlo, alguien que cree que tener ideas implica dar pelea por esas ideas, alguien que conoce que el fútbol no es la existencia pero a veces la resume, alguien que nunca olvida que ganar no consiste sólo en hacer más goles, alguien que asume que la vida pesa y lleva el peso, alguien que no se permite la ingenuidad pero tampoco la trampa. Si el Barcelona de Guardiola no hubiera dado tantísimas vueltas olímpicas como para marear al mundo, correspondería decir lo mismo. Al cabo, ese equipo -que ya es de todos y es bien de él- más que vueltas olímpicas dio vuelta al fútbol hasta ponerlo, ante los ojos del universo, de pie.
El Barça de Guardiola es el rostro y la pasión a través de los que el fútbol refundó unas cuantas cosas. Fue y es la más alta combinación de la historia entre la dinámica de lo impensado y la dinámica de lo pensado. O sea: una exaltación de la capacidad creativa de los hombres puestos a jugar que se articuló con la tarea meticulosa por anudar cada detalle de los que se pueden prever. O sea: una orquesta sinfónica inigualable, hiperpoblada por improvisadores, que se abasteció con los soportes de lo planificable. O sea: la sociedad más deslumbrante entre la espontaneidad y la premeditación, entre el asombro y la lógica, entre la magia y el método, entre las señales del pasado y los desafíos del futuro, entre el derecho a lo individual y la grandeza de lo colectivo.
Acaso sin ponerle esos términos, Guardiola creyó en el Barça de Guardiola desde que era pequeño. Así le enseñaron el fútbol, así jugó al fútbol, así modeló el juego de los que, orientados por él, juegan al fútbol. No resultó tan sencillo como parece. A Pep le tocó una circunstancia en el tiempo en el que ciertas comprensiones y ciertas sensibilidades del sentido de jugar -que el Barcelona seguía fecundando y exponiendo desparejamente a la luz- parecieron condenadas al silencio o a la derrota por muchos de los voceros de la era del palabrerío deportivo. Y, sin embargo, excavó hasta sacar a esas comprensiones y a esas sensibilidades del subsuelo del olvido para ponerlas sobre el suelo de las canchas. Y, sin jactancias, admitiendo que el fútbol alberga muchas maneras de asumirlo, defendió lo propio con la palabra, con la conducta, con el juego.
Guardiola aprendió y enseñó un fútbol que reivindica a dos protagonistas extraordinarios: las personas y la pelota. El Barça de Pep expuso cuánto vale la pena moverse para tener la pelota, cuánto regocijo implica tenerla para dársela a los compañeros, cuánta solidaridad demanda recuperarla para volver a tenerla. Suena a elemental porque, en definitiva, en eso consiste el fútbol. Y, sin embargo, suena a maravilloso porque la propiedad de la pelota -la convicción de conquistarla y la voluntad de compartirla- fue despreciada o relativizada por las tendencias dominantes antes de que el enorme edificio de fútbol que erigió Guardiola con sus jugadores sacudiera a los estadios. El juego de posesión, la construcción asociada, la determinación de empezar y empezar y empezar, la certeza de que el gol es un propósito pero no un propósito sin medios, la evidencia de que esos medios son tan relevantes como el propósito, la vocación generosa de protagonismo en cada segundo, la evidencia de que el fútbol es para los otros y para uno, con los otros y con uno: todo eso detalla que a Pep le tocó timonear un navío contra el oleaje del mar espeso de la alta competición. A veces sucede: le salió un viaje tan audaz como hermoso.
La pila de resultados favorables con las que simpatizantes y estadígrafos contarán al Barsa de Pep no incluirá, probablemente, uno de sus logros mayores: ese equipo no sólo justificó tener pupilas para enfocarlas hacia sus aventuras arriba del césped, sino que también reeducó qué mirar cuando se mira fútbol, qué esperar de un partido. Aquello que no se podía ver se vio. Pep aprovechó las líneas centrales de la escuela formadora de futbolistas del Barcelona y la potenció hasta la excelencia. El fútbol es el espectáculo central de una era en la que casi todo se espectaculariza. Millones miran a unos cuantos que juegan. Y, no obstante, convertido en función de gala y en arte consecutivo, Pep concibió a un Barsa que convocó en cada una de sus presentaciones a públicos planetarios no porque se hubieran vuelto hinchas rabiosos del Barcelona. Lo que registraban era que las horas del Barça de Pep en la cancha expresaban una cita con la belleza, con el atrevimiento, con la fascinación, con la alegría.
Demasiadas derrotas de la condición humana avisan que no es posible asegurar que las grandes obras no irán rumbo a la desmemoria. Pase lo que pase, el papel de Guardiola en su Barça invita al recuerdo gigante. Hay gente que, en una calle, en una tribuna, en cien luchas o en mil rutinas, transforma algo del mundo. El Maestro Pep lo consiguió en la patria de sus esperanzas, los campos de juego. En la hora de tanta despedida, muchos corazones que laten fútbol sienten que eso merece un pedacito noble y honorable de la eternidad.

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